En el mundo muy pocas personas tienen el maravilloso don de la clarividencia. El poder decir exactamente lo que se siente, lo que otros sienten, gritar por todos, por todos que somos uno.
Desde épocas remotas, existían cuartos alejados en los pisos superiores o en los sótanos de esas casas, para ocultar al "loco" de la familia. Varias obras increíbles de la literatura ya hablaron sobre ello.
Por ejemplo, Calderón, lo hizo con su Segismundo, de otra forma muy distinta, Rakolnikov se hace eco de la locura colectiva e individual.
Se me ocurre pensar que es muy complicado para una sociedad bancarse al loco, loco como el que sabe, como Casandra, como aquellos chamanes que sabían de qué se estaba hablando y cómo se gestaba la cosa.
Encarcelados, torturados, presos y acallados, la sociedad sigue condenando al diferente, al que tiene el poder de mostrarnos lo que pasa, hacia dónde vamos cayendo.
Tal el caso de Charly, preso del sueño del torpe, del envidioso, del que nunca pudo. Gracias al atentado contra la libertad de creación, con un fraudulento propósito de mejorarle la salud, Ortega, quién nunca debió haberse dedicado a cantar, robó el canto que no supo tener, la luz y el talento, la ingenuidad del genio y lo calló. Yo todavía espero que Charly venga por el "vino y al agua salada, para olvidarse de ser rey y ser feliz".
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